Un monstruo llamado Depresión…

Hace algún tiempo escribía que comenzaba a plantearme la existencia real de los monstruos (aunque no con la forma que de ellos nos pintaban de niños) y últimamente he confirmado que son más reales, si cabe, que la vida misma.

He conocido a uno de los peores monstruos que existen, a uno llamado Depresión. Es un ser cruel, destructivo y cuya ansia de comer es inagotable.

Tal vez os preguntéis de donde sale este monstruo o quien lo ha creado. Pues bueno, yo pienso que lo hemos hecho nacer entre todos. En cada atasco interminable, en cada desvelo nocturno provocado por el jefe irascible de un “obligatoriamente deseado” trabajo, en cada euro tantas veces deseado y tan pocas veces conseguido, en cada mochila cargada más y más de ladrillos que cargamos cada vez con mayor esfuerzo en nuestra espalda, en cada amor donde se nos muestra ininterrumpidamente la fragilidad del tiempo en compañía; lo efímero de los momentos dulces y lo eterno del dolor solitario en el que, encerrado entre paredes y tumbado con una perdida y lánguida mirada, tu corazón agoniza roto y disecado en un mar de lágrimas endulzadas en consejos fáciles y benzodiacepinas. En esos contextos y de esa manera nace este temible monstruo.

Es un ser que se alimenta de tu energía, de tus sueños  y pasiones. El día en que cierras los ojos para poder ver como es realmente tu mundo (porque asumo que habrá quien, a estas alturas, se habrá dado cuenta que es así como únicamente separamos lo real de lo carnavalesco) él te propicia su fatal dentellada y comienza a succionar tu vida lentamente. Empieza a devorar tus aficiones, tu voluntad para seguir trabajando y progresar, tu ánimo y fortaleza; hasta dejarte blanco, vacío sin mirada, sin vida. Hace que te reduzcas a un ser frágil apegado levemente a una vida vacía y oscura en la que el máximo esfuerzo que puedes hacer es abrir la puerta de tu casa y asomarte a la calle; donde mirarás con una insoportable tristeza al mundo, preguntándote el porqué de la existencia de esa estúpida fusión de materia y energía que llamamos humanidad.

Todavía no he aprendido a derrotar o, al menos apaciguar, a este diabólico monstruo. Cuando lo consiga (si es que lo hago) lo contaré, por si alguien más ha caído en sus letales fauces y decide (o deciden “ayudarle” a decidir) que debe luchar contra él.

PD.: Siento haber tardado tanto en escribir de nuevo en el blog, pero ser un guerrero que lucha contra monstruos en estos tiempos es bastante complicado y quita mucho tiempo ;)

Juntos toda una vida…

Ayer estuve acordándome del día, hace ya más de tres años, en que mis abuelos celebraron sus bodas de oro.Pareja paseando juntos por la vida...

“Más de cincuenta años juntos”, me repetía una y otra vez. Suena abrumador. Es toda una vida; lo mejor de toda una vida. Me paré a pensarlo y, realmente, me pareció precioso. Dos personas que, con el transcurso del tiempo, han sabido limar asperezas, acoplarse y moldearse como las piezas de un perfecto engranaje, aprendiendo el uno del otro, enseñando a corregir lo negativo y a potenciar lo bueno el uno al otro; hasta lograr que ese maravilloso engranaje que es una familia funcione perfectamente.

Un hombre y una mujer que han vivido parejos lo mejor y lo peor de la vida, que han secado tantas veces las lágrimas del otro y han disfrutado admirando su sonrisa que ya son incapaces de existir sin ser un monomio, la existencia de uno lleva implícita la del otro o, en otras palabras, dos personas que son una.

Que ideal de vida tan bonito, es precioso. Sin dudarlo, espero y deseo lo mismo para mis padres, para mi pareja y yo, para todo el mundo. Creo que tener un compañero fiel con el que andar por el sendero de la vida, es lo mejor que esta te ofrece; alguien con quien compartir lo bueno y lo malo; alguien con quien llegar a ser uno.

Recordé el regalo que mi padre les entregó en esa fecha. Era una época en la que él hacía video montajes con fotos y audio (cosa que, dicho sea de paso, debería seguir haciendo, porque eran preciosos a la par que emotivos).

Les preparó como regalo un video montaje, en el cual recopiló fotos de mis abuelos juntos, desde que eran muy jóvenes hasta ahora; y de fondo musical incluyó una canción titulada “Toda una vida”.  La combinación era perfecta, yo tuve que ocultar, por vergüenza y timidez, las lágrimas en los ojos.

Para que luego diga la gente que la felicidad plena no existe…

“Toda una vida me estaría contigo
no me importa en qué forma
ni como, ni donde, pero junto a ti.
Toda una vida te estaría mimando
te estaría cuidando como cuido mi vida
que la vivo por tí…”

Botón de avance rápido en la vida…

Hace más de un mes que no escribo nada. No ha sido porque ya no me apetezca, todo lo contrario, si no por falta de tiempo. El trabajo es, en ocasiones, un monstruo que devora todo el tiempo que encuentra a su paso, como una bestia de apetito incansable.

Y durante este mes, ahí he estado yo. Corriendo delante y detrás de ese monstruo, intentando siempre mantener su paso; una carrera de ritmo frenético por un camino que para gozar de más emoción, ha estado repleto de obstáculos que me han ido obligando a forzarme más, darles esquinazo y evitarlos, teniendo luego que acelerar a fondo para volverlo a alcanzar…

Siempre he sido una persona nerviosa, pero este mes ha sido demasiado. La persecución del monstruo me ha hecho vivir a un ritmo demasiado agudo, y no me siento cómodo en esta circunstancia.

Hay personas que cuando están viendo una película, tienen tantas ganas de ver el final que no pueden aguantar ciertas escenas que juzgan más pesadas, empalagosas o lentas. Se sirven del mando de su DVD para hacer avanzar las escenas a cámara rápida. La película se muestra, entonces, a una velocidad distorsionada en sus pantallas; los personajes se mueven frenéticamente y sus diálogos se tornan incomprensibles, vacíos. Pasados unos segundos llegan al final de la obra, donde se desvela el misterio de la trama y… ¡FIN! La película ha terminado.

La pregunta, ahora, es: Estas personas, ¿Se sienten tranquilas, calmadas, en ese momento? ¿O se sienten intranquilos, nuevamente, por la película que vendrá después? ¿Tal vez, aún menos en calma, pensando el desperdicio que han hecho presionando tan diabólico botón?

Yo, desde luego, no quiero vivir mi vida con el botón de avance rápido pulsado. Quiero tomármelo todo con más calma, sin ese sentimiento de “agobio nervioso” que está empezando a quitarme salud y sueño.

Una de las cuatro personas que más quiero me dijo, hace unos días, que tenía que pasar de todo. Pensé, entonces, que era un consejo vacío y hasta frívolo. “¿Qué me está diciendo? ¿Qué me vuelva un “pasota”? ¡Pues no!”. Esa conversación conmigo mismo, acabó cuando comprendí que, realmente, quería decirme que no podía tomarme las cosas tan en serio. No hasta el nivel en que yo lo estoy haciendo últimamente.

De todos modos, es un consejo que en mi caso va a suponer mucho sacrificio. Pero voy a intentarlo, lo prometo…

“No te tomes la vida tan en serio; después de todo, no saldrás vivo de ella…”

La abstracción y el punto material…

En una reunión, he escuchado hoy esta frase: “No puedes juzgar una tarea porque sea atribución de ‘Fulano’ o ‘Mengano’; tienes que juzgar la utilidad de la tarea en sí misma, abstrayéndote de quien o quienes la han realizado.” Al principio la he visto lógica y evidente, pero luego he estado dándole una vuelta y me gustaría compartir ese pensamiento con quien me lea.

La afirmación que llegó a mis oídos viene a decir que, en según que aspectos de la vida (o, al menos, eso sobreentiendo yo) hay que tomar como base de juicio “lo abstracto” frente a “lo humano”. Me explico: Si eres un empresario y debes decidir si despedir a una persona, tu base de juicio no serán cosas “de intención humana” (como el interés que esa persona ponga en su trabajo, si tiene familia, necesidades económicas, etc.), si no parámetros “de intención empresaria” (nivel de producción de esa persona, costes/ingresos, etc.). Esa “intención empresaria”, es lo que en la sentencia que escuché llaman abstracción.

Entendiendo el significado de esa palabra en su contexto, puedo aventurarme a decir que el significado de “lo abstracto” en tanto y cuanto a las bases de juicio se refiere podría hacer que la definición de abstracción se escribiera como “la acción o el efecto de alejarse de un punto material para, tomando como guía disyuntiva la perspectiva ofrecida por la distancia al mismo, juzgar un hecho, situación o necesidad de dimensiones de mayor tamaño, importancia o ética”.

Habrá a quienes esto les baste, a quienes les consuele saber que desprecian un punto material para el bien de cualquiera causa mayor. A mí no me gusta la idea; me asusta un poco incluso, por lo cercana que la veo de aquello que evoca nombres como el de un tal Maquiavelo y a unas grotescas palabras de la índole de que el fin justifica los medios y demás demagogias vacías.

Para mí es muy importante pensar en ese punto material. Así nombrado suena frío. Deberíamos definirlo mejor para que tomara cierto color cálido. Como ya estamos entrando en suficiente metafísica, vamos a quedarnos con el concepto de la física mecánica. ¿Por qué? Bueno… La física es la más exacta de las ciencias y, aún en su “frialdad exacta”, me servirá para expresar el sentimiento que me despiertan esas palabras. La física podría describir un punto material como un cuerpo cuyas dimensiones se pueden despreciar al describir su movimiento. Así, por ejemplo, los planetas se desprecian cuando se estudian las leyes mecánicas del cosmos; sus dimensiones son irrelevantes para el estudio del infinito cosmos, son despreciables para “lo abstracto”.

Ahora bien, se me plantea pensar en un planeta concreto dentro de ese ejemplo: La tierra. Al realizar ese desprecio por la dimensión de la tierra en relación al cosmos estamos tomando por irrelevantes muchas más cosas. Estamos abstrayéndonos del cielo, el mar, las montañas; estamos obviando las flores, los animales… ¡Elevándonos a lo abstracto nos hemos superpuesto, incluso, a las personas!

Es un concepto, el de la abstracción, que me ha dejado algo preocupado. Creo que debería ser usado con mucho cuidado. Yo por lo menos intentaré usarlo así. ¿Dónde está el límite del punto material con relación a lo abstracto? ¿Cuándo empezarías tu mismo, los tuyos, tú familia; a ser meros puntos materiales?

Como el abejorro…

Hace semanas que no escribo y es porque últimamente todo va mejor. La verdad es que escribir, desahoga mucho y te hace tener las ideas más claras; pero tampoco es justo utilizar un blog como mecanismo de “auto-explosión” cuando estás decaído.

Es bueno, también, usarlo para transmitir sentimientos positivos. Este último mes ha sido muy bueno, y ahora mismo me encuentro en un estado que podría definir como “tranquilamente feliz” (ojala duré mucho tiempo).

Esta noche me paré a pensar qué había cambiado, los problemas que habían sido solventados… En definitiva, el porqué de mi mejoría anímica. Es verdad que cuando vas de viaje, el exceso de equipaje en el maletero hace que el coche vaya más despacio; le obliga a subir con dificultad los puertos de montaña, a “ahogarse” subiendo cuestas pronunciadas. No es menos cierto, tampoco, que ahora que he tirado algunas maletas innecesarias estoy “andando” mucho mejor, sin ningún lastre.

En cualquier caso, también he llegado a la conclusión de que, al menos, a las cosas buenas no hay que buscarles un porqué. Ya sabéis que dicen los ingenieros que aerodinámicamente es imposible que el abejorro vuele. Su masa, su volumetría, lo hacen del todo imposible. Sin embargo él, que no lo sabe, vuela… ¡Un diez para el abejorro!

Eso y su sistema de tortura…

Es llamativo ver como la casuística y ‘Eso’ son capaces de atormentar con fieras torturas a las personas, dibujando en torno a ellas maquiavélicas situaciones y grotescas circunstancias que no hacen sino minar la alegría de quienes son su objeto.

En uno de esos momentos de “morbo intelectual” (otro día escribiré sobre qué es eso y sobre sus principales descubridores :D ) he llegado a la conclusión de que el binomio casuística-‘Eso’ dispone, seguramente entre otros, de los siguientes sistemas de tormento y tortura:

Sistema atormentador I:Eso’ dispone de una persona capaz de imaginar con la máxima calidad de detalle situaciones idílicas. Su capacidad, su “don”, es tal que le permite recrear situaciones en su mente, disfrutar de paisajes, de gentes, de emociones perfectas y felices con tan solo imaginarlas. ¿Su tormento? ‘Eso’ hace que los demás, su entorno, el resto de la gente; no le escuche, no le crea. Cuando la persona cuente e intente transmitir esas vivencias idílicas será objeto de rechazo, será tachado de loco y soñador. Esa persona no podrá disfrutar de su capacidad de dar felicidad, ni podrá hacerse feliz a sí mismo; ya que sus escenas de idilio tan solo durarán breves momentos, como si de un sueño se tratarán; siendo imposible ser transmitidas al resto del mundo y, probablemente, acabe volviéndose loco.

Sistema atormentador II:Eso’ engendra un ser humano con un don de gentes excepcional, la persona más social de cuantas ‘Eso’ ha creado. Esta persona se relacionará con los demás, tanto que llegará a serle difícil asociar los nombres a los rostros de su gente conocida. Ahora bien, la casuística hará que los demás sean incapaces de escucharle. Él seguirá durante mucho tiempo hablando a los demás y, poco a poco, irá descubriendo que nadie es capaz de llenarle el vacío que va creándose en su interior. Será un eterno solitario entre una inmensidad de personas y, con probabilidad, acabará perdido en el mundo de las sombras.

Sistema atormentador III:Eso’ preparará un individuo con excelentes cualidades: Será guapo, inteligente, cortés, cultivado, etc. Además será dotado de un don especial, el que ‘Eso’ quiera; el don de la música por ejemplo: ¡El mejor músico de la historia! Entonces, ‘Eso’, dispondrá el ubicarlo en una posición estratégica. Una posición que lo palidezca, lo encarcele, le obligue a vivir en una dantesca monotonía de la que (por razones económicas, por ejemplo) no pueda escapar. Verá truncadas las posibilidades de explotar su don, de dar al mundo “todo aquello para lo que fue concebido” y, tarde o temprano, se desviará de la razón de su existencia y acabará destruyendo ese preciado don; sumergiéndose en un estado de estancamiento del que, con seguridad, nunca podrá salir.

Sistema atormentador IV:Eso’ dispone una persona nacida en un ambiente estable: Familia acomodada, estabilidad económico-social, valores de educación tradicionales (y estresante infancia consecutiva), etc. Dispone además de que, en edad futura, esa persona tenga trabajo perfecto, pareja perfecta, amigos perfectos, todo un entorno perfecto. Pero ‘Eso’ dictamina que esa persona pierda la capacidad de ser feliz, que cada ápice de lo positivo en su vida sea opacado por su instinto de lucha, de desconfianza, de ‘eterna protección’ inculcado desde la infancia. ‘Eso’ dotará a este individuo de ver el defecto y el problema de cuanto objeto o acción estén delante suya, de tal modo que odie el mundo, piense que el resto de personas están en su contra y pretenden engañarlo. Hará que su ‘afán de lucha’ sea tan sutil como para que muchas personas se acerquen a él, pero lo suficientemente basto como para que, con el tiempo, acaben por dejarlo solo, lo abandonen cuantos él haya querido. Con ello ‘Eso’ conseguirá que este individuo se encargue, por sí mismo, de no vivir feliz jamás; de que viva en la ‘depresión eterna’.

Este -el cuarto- es, con diferencia, el peor de los cuatro mecanismos del tormento. Si, además, ‘Eso’ junta a vivir parejos una persona atormentada en el tercer sistema con una del cuarto se asegura de que ambos vivan una tortura eterna. Menos mal que, se supone, ‘Eso’ y sus infinitas casuísticas/circunstancias no siempre están en contra nuestra…

Siendo mayor…

Es curioso pararse a pensar en como pasa el tiempo. Pasa para todos, aunque tengas aún pocos años. Nunca, hasta hace poco, me había parado a pensarlo en profundidad; pero debe ser que últimamente hago más pausas a lo largo del día para meditar sobre ciertas cosas.

Esta noche he tenido bastante tiempo para reflexionar (gracias a mi maravillosa perrita :-D ) y he sacado varias conclusiones sobre el transcurso del tiempo, algunas me han hecho sentirme más cómodo y féliz de lo que estaba, otras no… Un sabor agridulce diría yo.

De lo primero que me he dado cuenta es que, por fin, he pasado la adolescencia. Puedo asegurarlo. ¿Por qué? Bueno, hace ya dos o tres años que pensaba que la había terminado. He acabado de estudiar, tengo un trabajo estable, las ideas relativamente claras y un largo etcétera de cosas que me hacían pensar que podía con el mundo; sentía que ya era “una persona mayor”. Pero últimamente me he dado cuenta de que no es así. No he hecho más que empezar, más que emprender mi camino. No he dejado de tener claras mis ideas con respecto “a mi futuro”, pero veo muy difícil la vida.

Me he dado cuenta, entre otras cosas de la maldad de la gente y, aún así, creo que tan solo vislumbro un minúsculo porcentaje de lo que la realidad mezquina me depara en tanto y cuanto a la “calidad humana” se refiere. Maldad, falsedad, egoísmo… Que cierta es la frase de R. L. Stevenson: “En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son así en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.”.

He caído en la cuenta, también de lo tremendamente difícil y trabajoso que es conseguir cualquier cosa. Nada es regalado, ni nada obedece a la ley del mínimo esfuerzo; todo hay que conseguirlo a base de esfuerzo, de pelear, de insistir e insistir… Y aquí he recordado una cita que leí una vez: “Cuando eres un niño idolatras a tu padre, como si se tratara de un súper héroe. Cuando eres adolescente lo desprecias, crees que lo que hace y lo que hizo podrías hacerlo tú mucho mejor. Cuando eres adulto, lo idolatras el doble que cuando eras niño”. Y es verdad, pese a esa seguridad que tenía un par de años atrás; cuando las cosas se ponen feas, me superan, dudo, etc. Él siempre sabe qué hay que hacer; a día de hoy, creo que yo nunca sabré “lo que hay que hacer” con su certeza (o tal vez sí, pero con el paso de mucho, mucho tiempo).

Por último, hace tiempo pensaba que “ser mayor” solo tenía ventajas. Capacidad de decisión propia, tu propio sueldo, tu coche, a día de hoy tu casa y tu pareja… En fin, un estado de “eterna alegría”. Sin embargo, últimamente lloro frecuentemente. “Ser mayor” tiene también muchos inconvenientes: Lo que antes era una decisión insustancial, carente de valor alguno (como si quedar, o no, el sábado) hoy es algo que repercutirá en tu vida para siempre y, frecuentemente, en la de quienes te rodean. Mantener todas esas ventajas que, desde la adolescencia se ven como la panacea terrenal, supone trabajar al máximo día tras día… ¡Es un agobio!

En estos tres argumentos me sustento para dejar de denominarme “adolescente”. No me cabe duda que se me pasará con el tiempo, cuando me asiente en ser “una persona mayor”. Pero de momento, últimamente, me emociono escuchando este estribillo de Bunbury:

De pequeño me enseñaron a querer ser mayor,
De mayor voy a aprender a ser pequeño…
Y así cuando cometa otra vez el mismo error,
Quizás no me lo tengas tan en cuenta…”

La droga de la felicidad…

Hace poco estuve leyendo un reportaje sobre la endorfina. Se trata, para quien lo desconozca, de un neurotransmisor que el cuerpo genera ante situaciones diversas, como por ejemplo el dolor. Es, en cierta manera, un “analgésico natural” que crea una sensación de bien estar y placer. De hecho, ha recibido el sobrenombre de “droga de la felicidad”.

Después de leer esto me acordé del Mundo Feliz de Aldous Huxley (el cual, por cierto, me gustó tantísimo y creo que tiene tanto sobre lo que comentar que escribiré dentro de poco sobre él en mi blog…) y su SOMA. Quien no haya leído el libro debe saber que el Soma es una sustancia que los habitantes del Mundo Feliz tomaban, al acabar su jornada laboral, y que les producía la felicidad instantánea. No era una sustancia adictiva ni fisiológicamente perjudicial; pero si las personas tenían un bache, un percance o cualquier contratiempo; la tomaban y todo se volvía color de rosa. Era la endorfina de A. Huxley.

Al hilo de esto, me quedé planteándome si yo tomaría Soma. Si me gustaría que el mundo tomara Soma. Quienes lo estéis leyendo pensadlo: Tú día a día sería despertarte y trabajar (cumpliendo así tu obligación) y, según acabaras, la felicidad absoluta; da igual que fuera, o no, real porque el Soma te haría sentirte igualmente feliz en plenitud. Todos los problemas se reducirían a la incomodidad de tener que trabajar durante algunas horas; pero en cuanto terminases… ¡Todo en rosa!

Sin duda, habría mucha gente que tomaría el Soma, que viviría feliz así. Yo… Yo creo que no, pero tampoco estoy seguro. Es un tema que me dejó algo intranquilo y pensativo; porque, siendo sinceros, no todo el día cotidiano es felicidad al acabar “tu obligación”: Hay momentos buenos, otros muy buenos, otros malos, etc. Pero momentos reales, no generados por “una endorfina”, eso sí… ¿O tampoco? Realmente… ¿No es, después de todo, pura química el cerebro humano?

El miedo a los fantasmas…

De pequeño no me asustaban los monstruos, los zombies, los fantasmas ni nada por el estilo. Las “criaturas del terror” me gustaban más que darme miedo. Tenía muy claro que ninguna de ellas existía en la realidad, solo eran personajes de ficción, como Batman o Spiderman.

Sin embargo, últimamente he descubierto que esto no es del todo así. Me he dado cuenta de que los fantasmas si que existen. Lo que pasa es que son algo diferentes a como nos los pintan de pequeños.

Los fantasmas reales son terribles. Nacen cuando no superas un hecho traumático (la muerte de un ser querido, una separación, etc.), cuando no te portaste como debiste hacerlo con alguien, cuando no has sido sincero y llevas sobre tí ese lastre, cuando tienes tristezas, agobios, etc. Todas y cada una de esas cosas es un fantasma. Un fantasma real, y terriblemente dañino.

Al menos, a mí, me dan mucho más miedo que los fantasmas “infantiles”. Estos fantasmas, cuya existencia he descubierto hace poco, se disfrazan y se ocultan; creándote sentimientos contradictorios y dañinos hacía terceras personas: ¿Tu carácter se vuelve amargo, estás triste o irascible y no sabes bien porqué es? Un fantasma, sin duda; fantasma que estará camuflado, para que no puedas descubrirlo.

Hay veces, también, que se puede llegar a sentir que estos fantasmas te pesan en la espalda, como si fueras arrastrándolos. ¿La distancia te alejaría de ellos? ¿Podrías darles esquinazo? Yo creo que no. Vuelan muy rápido, atraviesan las paredes y llegan tan lejos como tú vayas.

¿La solución? No lo sé. No al cien por cien. A mí, y de momento, me sirve con identificarlos, saber que están ahí e intentar que no me asusten; intentar que desaparezcan; que se aburran de dar vueltas en torno a mí y se marchen. Superar el miedo que quieren causarte, es decir, pasar página o reparar la situación con la que apareció ese fantasma es la única manera de no vivir con el miedo, la presión y el desagrado que generan estas “criaturas del terror”.

PD.: La Oreja de Van Gogh refleja muy bien en una de sus canciones mi mismo sentimiento…

“  Y es que malditos seáis los fantasmas,
jugáis con ventaja, doléis de verdad.
Aunque luego os vistáis de mentira,
y por eso no os pueda atrapar… “

Los espejos de la vida…

En un pueblo lejano, bastante deteriorado por los años y casi desértico, había una casa abandonada al final de la calle principal. Estaba en ruinas, pero su techo aún protegía del frío y la lluvia a los perros callejeros que rondaban por el pueblo.

Una noche, uno de estos perros fue a refugiarse dentro. Encontró un agujero en una de las paredes y entró en un salón muy amplio, un salón fuera de lo normal. Allí el perro vio a otros cien perros iguales a él. Sorprendido y contento de ver aquello sonrió y, para su sorpresa, los otros perros sonrieron con él. Nervioso y entusiasmado con el hallazgo, empezó a mover el rabito y a jadear; cada vez más y más fuerte viendo como los otros cien perros hacían lo mismo.

Se fue aquella noche muy contento, y decidió que volvería más a menudo. Cada vez que el perrito acudía a ese salón ocurría la misma escena: Se encontraba feliz con sus cien perros idénticos.

Otra noche, fue a esa casa un perro diferente. Era un perro agresivo, acostumbrado a las peleas y con un corazón oscuro. Cuando llegó al agujero del extraño salón, encontró un panorama radicalmente opuesto al del otro perrito. Encontró cien perros que le mostraban los dientes mostrándole su furia, amenazadores, despiadados y colmados de ira.

Se fue de allí corriendo para jamás entrar de nuevo a aquella casa, cuando pudo leer a su huída un cartel, colgado de la ventana más alta, que decía “La casa de los cien espejos”.

Y es que, la realidad es muy similar a ese grotesco salón de reflejos. Todas las caras, todos los rostros son espejos, es cosa tuya saber que cara poner frente a los tuyos; porque serán los reflejos de estos las imágenes que guardarás, al mirarlos, en tu interior…

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